Con los suyos… en su pueblo

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A veces solo queda esperar. De eso se trata, de esperar. Esperar a que el proyecto que tienes encima de la mesa salga bien. Esperar a mover tu agenda para ver a ese amigo que vuelve por fin del extranjero. Esperar que el invierno acabe y el calor empiece a inundar cada habitación de tu casa. Esperar que la noche caiga para que tu pareja te cuente lo que ha hecho en el día. Esperar la cola del autobús mientras imaginas que estás en otro lado. Esperar el décimo capítulo de tu serie favorita. Esperar que pase esa moda ridícula de los pelos de colores en los chaquetones o esperar bajar esos dos kilos que tanto cuestan. Pero nunca esperas que desees esa última bocanada de aire que se lleve su vida. Porque nadie te enseña a hacerlo. Nadie te enseña ese tipo de espera… Y quema, quema hasta extenuarte, porque te agarras a un resquicio de esperanza que no existe.

Es extraño, contradictorio… empiezas a rezar, no eres creyente y lo haces. Suplicas no esperar, pero te da miedo si no lo haces. Te empieza a acompañar la soledad, y eso que estás rodeada de gente. Los minutos son lentos, aterradores… Quieres verla partir, aunque te aferras a la inutilidad de que sea  un mal sueño. No lo es. No lo podría ser, hace tiempo que no duermes. La impotencia te consume como si tú fueras un cigarrillo que alguien se está fumando. Los sentimientos rompen a nadar entre recuerdos. Con las horas lo claro se vuelve borroso y las palabras se ahogan transformándose en lágrimas. Tu fortaleza desaparece como si fuera un castillo de arena en un huracán. Ansías abrazos, manos que te sujeten. Exhalas. No te importa ser un fantasma, ya no, pero aun así imploras luz… sin embargo es de noche, y solo en el horizonte se ven las luces de la gran ciudad que no te alcanzan. Cuesta tragar, la ansiedad se transforma en una culebra que comprime tu pecho. Basta. No puedes más, pero debes.

A veces solo queda esperar, pero nadie te ha enseñado este tipo de espera. Y cuando sucede, cuando el sonido de un móvil te avisa del final, cuando eso ocurre… nadie te enseña lo que viene después. El dolor es tan tuyo que el resto desaparece y solo subsiste lo que importa. Atrás se queda el trabajo, las quedadas, las palabras carentes de significado, la compra, el autobús, la moda… Ya volverán algún día, ya volverá tu rutina. Porque ahora, en este segundo persevera su recuerdo, la esencia de su vida en la tuya, el saber que está con los suyos… en su pueblo. Así que solo te queda esperar a que algún día vuelvas a encontrarla. Sonríes tristemente. De eso se trata, de esperar.

(E.M.A 19/05/2018)

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