En un banco perdido

Y rezas…

Y rezas para que el alcohol acabe filtrándose hasta el fondo y se convierta en tu mejor anestesia…

Y entonces lo contemplas y cierras los ojos.

Recuerdas lo que te hizo comprarlo. Recuerdas esa sensación de tu corazón galopando, tal vez repleto de todo lo que querías trasmitir. Recuerdas cuántas veces lo tuviste en tu mano, lo miraste, lo guardaste, lo volviste a coger, lo volviste a mirar, suspiraste, te arriesgaste pensando si sería suficiente. Pero no lo fue.

Y rezas para que esa sensación de vacío se escape con tus lágrimas. Para que ese sentimiento no rasgue más capas, para olvidar, para no recordar.

Caminas por las calles, perdida. No hay música que te acompañe. Ya no.

Con las horas, con la vida, te sientas cansada en un banco de algún extraño lugar.

Y entonces lo sacas por última vez, lo contemplas y cierras los ojos. No hay sueños que te acompañen. Ya no. Así que lo aprietas fuertemente en tu mano. No se escapa. Está ahí. Y entonces abres la mano contra la fría madera. Ya no es tuyo. No lo miras. No lo coges.

Y rezas para que tus pasos sean fuertes, no retrocedan. Para no ser débil. Para no volver a por él. Es tu forma de darle la espalda al pasado. Es tu forma de que ya no duela, pero duele.

Y rezas…

(E.M.A)

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Marta Pinhao dice:

    ¡Muy sentido EMA! Abrazo.

    Le gusta a 1 persona

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